jueves, 18 de junio de 2026

El cerebro que envejece: un viaje entre la transformación estructural y la capacidad de adaptación

Viendo cómo nuestro cerebro envejece: un viaje entre la transformación estructural y la capacidad de adaptación

Hace unos días, recibí en mi consulta a un paciente que llegó visiblemente angustiado porque había empezado a olvidar dónde dejaba las llaves o tardaba más tiempo en encontrar la palabra exacta durante una conversación. Su mayor temor era que estos pequeños lapsos fueran el preludio inevitable de una demencia. Es una situación muy común; el miedo al deterioro cognitivo suele nublar la comprensión de que el cerebro, al igual que cualquier otro órgano, atraviesa un proceso de transformación natural que no siempre es sinónimo de patología.

Cuando hablamos de viendo cómo nuestro cerebro envejece, a menudo nos centramos solo en las pérdidas, pero la realidad es mucho más matizada. Entiendo que para muchos de vosotros este proceso resulta aterrador, pero si analizamos la neurociencia detrás del envejecimiento, descubriremos que el cerebro posee una capacidad asombrosa para reorganizarse. El envejecimiento cerebral no es un camino lineal hacia el declive, sino un equilibrio constante entre la fragilidad biológica y la resiliencia funcional.

Una escultura abstracta de un perfil humano realizada en cerámica, donde algunas zonas presentan grietas naturales pero
El envejecimiento cerebral no es una pérdida absoluta, sino una transformación donde la resiliencia repara y adapta nuestra estructura biológica.

El mapa biológico del envejecimiento: cambios estructurales

Para entender qué ocurre, imaginemos que nuestro cerebro es como una gran ciudad. Con el paso de las décadas, algunas calles se estrechan, ciertos edificios pierden mantenimiento y la red eléctrica empieza a fallar en algunos puntos. Biológicamente, esto se traduce en una reducción global del peso y volumen cerebral, que disminuye aproximadamente un 2% por cada década de vida adulta. Nos encontramos con que los surcos se vuelven más prominentes y los ventrículos aumentan su tamaño, reflejando una atrofia moderada del tejido que afecta especialmente a zonas como el hipocampo, las áreas prefrontales y el cerebelo.

Sin embargo, no todo es una cuestión de volumen. He comprobado en mi práctica clínica que la lentitud en el procesamiento de la información suele estar ligada a la degradación de la mielina en la sustancia blanca. Si pensamos en la mielina como el aislante de los cables eléctricos, su deterioro provoca que las señales viajen más despacio; es decir, el ritmo cognitivo se ralentiza porque la transmisión de datos entre distintas áreas cerebrales pierde eficiencia. Además, pueden aparecer pequeñas lesiones focales o hiperintensidades vasculares que, aunque a veces son benignas, pueden provocar un declive cognitivo una vez que alcanzan un determinado umbral crítico.

Por otro lado, no podemos olvidar el papel de la química cerebral. Con la edad, se produce una pérdida de receptores dopaminérgicos, lo que impacta directamente en nuestra capacidad de atención y en las funciones ejecutivas. Esto explica por qué algunas personas tienen más dificultades en tareas de procesamiento contextual, como ocurre en la tarea de Stroop, donde debemos inhibir una respuesta automática para dar una correcta. Curiosamente, esta disminución de la dopamina también se vincula con un cambio en el comportamiento: la reducción de conductas de riesgo y la búsqueda de emociones, lo que sugiere que el cerebro envejecido prefiere, biológicamente, una vida más tranquila.

Una representación simbólica de cables eléctricos donde el recubrimiento aislante se ve desgastado y agrietado, provocan
La degradación de la mielina actúa como un aislante defectuoso, ralentizando la velocidad a la que procesamos la información.

Adaptación y reorganización funcional

A pesar de estos cambios estructurales, nuestro cerebro no se rinde; al contrario, implementa estrategias de supervivencia fascinantes. Existe un concepto llamado modelo HAROLD, que describe cómo los adultos mayores reducen la asimetría entre sus dos hemisferios. Mientras que un joven suele utilizar un lado del cerebro para ciertas tareas, el adulto mayor tiende a activar ambos lados. Es como si, ante la debilidad de un camino habitual, el cerebro decidiera abrir una segunda vía de tráfico para asegurar que la información llegue a su destino.

He observado que esta representación bilateral de funciones cognitivas actúa como un mecanismo de compensación. Por ejemplo, en tareas de memoria episódica, como reconocer palabras, los adultos mayores muestran una activación más equilibrada entre el hemisferio izquierdo y derecho en la corteza prefrontal inferior y la formación hipocampal. Esta reorganización funcional es la prueba de que el cerebro es capaz de reclutar recursos adicionales para mantener un rendimiento óptimo a pesar del desgaste físico del sustrato neural.

Plano medio de un adulto mayor caminando a paso ligero por un parque arbolado, vistiendo ropa deportiva sencilla y con u
El ejercicio cardiovascular es una de las herramientas más eficaces para potenciar el mantenimiento cerebral y la reserva cognitiva.

La frontera entre el envejecimiento normal y el patológico

Aquí es donde surge la duda más frecuente en consulta: ¿cómo sé si lo mío es normal o es una enfermedad? Para responder a esto, debemos diferenciar entre un cribado cognitivo y una evaluación neuropsicológica detallada. Mientras que el primero es una fotografía instantánea y superficial, la evaluación profunda analiza dominios como el lenguaje, las habilidades visoespaciales, la memoria, el razonamiento y el estado de ánimo. La clave reside en el uso de estándares normativos corregidos por edad, ya que no podemos comparar el rendimiento de una persona de 80 años con el de una de 20.

En mi experiencia, es fundamental entender que comparar a un paciente con su grupo etario permite distinguir entre un rendimiento disminuido y uno normal o incluso óptimo. Muchas veces, lo que el paciente percibe como un declive alarmante es, en realidad, una ineficiencia propia de la edad que no indica una patología. La evaluación neuropsicológica es, por tanto, la herramienta más potente para desmitificar el miedo a la demencia y proporcionar tranquilidad basada en datos técnicos y objetivos.

Estrategias de preservación: reserva y mantenimiento cerebral

Para finalizar, quiero que hablemos de cómo podemos intervenir. Existe una distinción crucial entre la reserva cerebral, que es la cantidad física de neuronas y conexiones disponibles, y la reserva cognitiva, que es nuestra capacidad de usar estrategias alternativas cuando una función falla. Es la diferencia entre tener un motor grande (reserva cerebral) y saber conducir por rutas secundarias cuando la carretera principal está cortada (reserva cognitiva).

He comprobado que el mantenimiento cerebral se puede potenciar mediante la educación y la actividad mental compleja, lo cual reduce la tasa de atrofia del hipocampo. Pero hay un factor que considero indispensable: el ejercicio físico cardiovascular. La actividad física no solo mejora la salud general, sino que promueve la neurogénesis en el giro dentado y aumenta la plasticidad neuronal gracias a factores como el factor neurotrófico derivado del cerebro.

De hecho, la ciencia nos indica que el ejercicio cardiovascular puede aumentar el volumen de materia gris en áreas prefrontales y temporales. He visto cómo una mejor aptitud cardiorrespiratoria se correlaciona con un hipocampo más grande y una memoria espacial más eficiente. Incluso, la cantidad de actividad física realizada hoy puede predecir el volumen cerebral dentro de nueve años, reduciendo significativamente el riesgo de desarrollar deterioro cognitivo leve o demencia.

En conclusión, aunque el cerebro experimente una pérdida volumétrica y una degradación de sus cables internos, no estamos condenados a la inactividad mental. La capacidad de nuestro sistema nervioso para compensar las pérdidas mediante la activación bilateral y la creación de reservas nos otorga un margen de maniobra extraordinario. Si retomamos el caso del paciente que temía por sus llaves, le diría que su cerebro es como un libro antiguo: aunque la encuadernación se desgaste, el contenido puede seguir siendo rico y profundo si seguimos alimentándolo con estímulos cognitivos y actividad física. Te invito a que no veas el envejecimiento como una pérdida, sino como una oportunidad para optimizar tu reserva cognitiva y cuidar tu cerebro activamente.

¿Por qué los niños tienen tics? Causas y neurobiología clínica

Imagina que entras en mi consulta y te encuentras con un niño de diez años que, mientras me habla, parpadea repetidamente con fuerza y carraspea cada pocos segundos. Sus padres, preocupados, me preguntan si es una manía o si hay algo más profundo ocurriendo en su cerebro. Esta escena es sumamente común; a menudo, los adultos interpretan estos comportamientos como simples 'hábitos' que el niño debería controlar, pero la realidad es mucho más compleja y fascinante desde el punto de vista clínico. Para entender ¿por qué los niños tienen tics?, debemos dejar de verlos como conductas voluntarias y empezar a comprenderlos como la manifestación externa de un proceso neurobiológico donde el cerebro pierde momentáneamente el control sobre ciertos impulsos.

Un cerebro humano estilizado compuesto por piezas de un rompecabezas, donde algunas piezas están ligeramente desplazadas
Un cerebro humano estilizado compuesto por piezas de un rompecabezas, donde algunas piezas están ligeramente desplazadas

¿Qué son exactamente los tics y cómo se sienten?

Cuando trabajo con mis pacientes, me gusta explicar que los tics no son simplemente movimientos azarosos, sino fragmentos de comportamiento que surgen como respuesta a señales del propio cuerpo o del entorno. No es un movimiento que el niño decida hacer conscientemente para llamar la atención; más bien, se trata de una reacción a lo que denominamos impulsos premonitorios. Podríamos comparar esta sensación con una olla a presión: el niño siente una urgencia interna, una tensión creciente e irresistible que solo encuentra alivio cuando finalmente ejecuta el tic. Es, en esencia, una válvula de escape necesaria para liberar esa presión sensorial.

Desde mi perspectiva clínica, entiendo que los tics son contracciones musculares repetitivas que el paciente percibe como involuntarias. Sin embargo, hay un matiz importante que debemos comprender: aunque la urgencia es irresistible, algunos niños pueden suprimir el tic voluntariamente durante un tiempo corto. No obstante, esta supresión suele aumentar la tensión interna, haciendo que el tic aparezca con más fuerza una vez que el niño ya no puede sostener el esfuerzo. Esta lucha interna es lo que a menudo genera frustración tanto en el menor como en sus cuidadores.

Tipos y manifestaciones: Más allá del parpadeo

En la práctica, nos encontramos con que los tics no se presentan todos de la misma forma. Para facilitar la comprensión, solemos dividirlos en dos grandes categorías según su complejidad. Por un lado, tenemos los tics simples, que son movimientos o sonidos breves y abruptos que no parecen tener un objetivo concreto. Por otro lado, existen los tics complejos, que son patrones más largos y elaborados; estos últimos pueden dar la impresión de estar dirigidos hacia una meta, aunque sigan siendo impulsados por esa urgencia interna.

Si analizamos la expresión física, podemos diferenciar entre tics motores y vocales. Los tics motores suelen concentrarse en los músculos de la cara y el cuello, manifestándose como parpadeos, sacudidas de cabeza o muecas faciales. Por su parte, los tics vocales incluyen sonidos como el carraspeo, gruñidos, resoplidos o tos. He comprobado que es muy frecuente que un niño combine ambos tipos de manifestaciones, y es precisamente aquí donde debemos prestar atención a la evolución del cuadro clínico para realizar un diagnóstico preciso.

Evolución y curso clínico en la infancia

Es fundamental que los padres sepan que existe una cronología habitual en el desarrollo de estos síntomas. Generalmente, la edad modal de aparición se sitúa entre los 5 y 6 años. En un principio, suelen comenzar con una frecuencia baja y poca fuerza, lo que refuerza la idea errónea de que es solo una 'manía'. Sin embargo, si observamos la trayectoria, el pico de severidad suele alcanzarse entre los 10 y 12 años, coincidiendo a menudo con etapas de cambios madurativos importantes.

Lo más alentador que puedo decir en consulta es que existe una fuerte tendencia a la remisión. Sabemos que hacia los 18 años, la gran mayoría de los pacientes experimentan una reducción sustancial de los síntomas; de hecho, más del 40% están completamente libres de tics al llegar a la adultez temprana. No obstante, debemos diferenciar entre los tics transitorios, que desaparecen en semanas o meses, y los tics crónicos, definidos por su persistencia durante un año o más.

En este contexto, aparece el Síndrome de Tourette. Para que hablemos de este síndrome, es obligatorio que el niño presente una coexistencia persistente de tics motores y vocales. Un aspecto que he observado con frecuencia en mi experiencia clínica es que, años después de la aparición de los primeros tics motores, algunos niños comienzan a desarrollar pensamientos obsesivos y rituales compulsivos, lo que nos indica que estamos ante un proceso neurobiológico más amplio que afecta la regulación del comportamiento.

Escena en un consultorio de psicología donde se ve a un profesional escuchando atentamente a unos padres preocupados.
Escena en un consultorio de psicología donde se ve a un profesional escuchando atentamente a unos padres preocupados.

La arquitectura cerebral: ¿Por qué ocurren los tics?

Para explicar la neurobiología de los tics, me gusta utilizar la analogía de un centro de control de tráfico. En nuestro cerebro, existen unas estructuras llamadas ganglios basales que actúan como el semáforo que decide qué movimientos deben pasar y cuáles deben detenerse. Cuando este sistema funciona correctamente, filtra los impulsos irrelevantes. Sin embargo, en los niños con tics, hay una disfunción en los circuitos cortico-estriato-talámicos, específicamente en la transmisión de un neurotransmisor clave: la dopamina.

La llamada 'hipótesis de la dopamina' sugiere que el equilibrio de este mensajero químico es fundamental. Si bloqueamos los receptores de dopamina, los tics tienden a disminuir; por el contrario, si potenciamos su transmisión (como ocurre con algunos estimulantes), la severidad de los tics puede aumentar. Es como si el semáforo del cerebro estuviera mal calibrado, permitiendo que señales que deberían ser ignoradas pasen directamente a la acción.

Desde un punto de vista más técnico, lo que ocurre es una desinhibición de los circuitos talámico-corticales. Normalmente, ciertas neuronas estriatales inhiben otras áreas para evitar movimientos no deseados. En el caso de los tics, hay una actividad anormal que anula esta inhibición. Dicho de otra forma, nos encontramos ante un fallo en el control descendente (top-down): la corteza prefrontal no logra filtrar los impulsos ascendentes (bottom-up), y el movimiento 'se escapa' hacia el exterior.

Factores ambientales y desencadenantes

Aunque la base es neurobiológica, el entorno juega un papel crucial. No podemos ignorar que existen influencias biológicas tempranas que pueden predisponer al cerebro a este funcionamiento. Se ha identificado una relación con eventos prenatales y perinatales, tales como el estrés materno severo, náuseas y vómitos intensos durante el primer trimestre, o problemas en el suministro de nutrientes placentarios y lesiones hipóxicas. Estos insultos tempranos podrían dejar el terreno preparado para que los circuitos cerebrales se desarrollen con esa vulnerabilidad.

En el día a día, he comprobado que los tics no son estáticos; fluctúan según el estado emocional y físico del niño. Factores como la ansiedad, el estrés, la fatiga y la inactividad actúan como gasolina para el fuego, exacerbando la frecuencia de los movimientos. Es muy común que un niño presente más tics en situaciones de tensión o, curiosamente, cuando está aburrido y sin estímulos.

Por último, debemos analizar el papel del entorno social. He visto casos donde la atención —ya sea en forma de consuelo excesivo, burlas o peticiones constantes para que el niño 'deje de hacer eso'— incrementa la frecuencia de los tics. Incluso existen consecuencias basadas en el escape; por ejemplo, si un niño evita hacer sus tareas escolares porque sus tics le impiden concentrarse y el adulto lo permite, se puede generar un refuerzo involuntario del síntoma. La atención social, paradójicamente, suele alimentar la urgencia premonitoria.

Resumen de conceptos clave

Para sintetizar lo aprendido, podemos destacar los siguientes puntos:
- Impulso premonitorio: Sensación de tensión interna que solo se alivia ejecutando el tic.
- Tics simples vs. complejos: Desde un parpadeo rápido hasta patrones de movimiento coordinados.
- Ganglios basales: El 'filtro' cerebral que falla, permitiendo la salida de movimientos involuntarios.
- Dopamina: Neurotransmisor cuya desregulación es central en la patofisiología de los tics.
- Curso clínico: Aparición habitual a los 5-6 años, pico a los 10-12 y remisión frecuente hacia los 18 años.

En conclusión, entender ¿por qué los niños tienen tics? requiere que miremos más allá de la superficie. No estamos ante un problema de voluntad o educación, sino ante una danza compleja entre la genética, la neuroquímica de la dopamina y el entorno emocional. Al comprender que el tic es la válvula de escape de una presión cerebral insoportable, podemos pasar del juicio a la empatía y al apoyo clínico adecuado. Volviendo al niño que parpadea en mi consulta: una vez que sus padres comprenden que su cerebro simplemente tiene un 'semáforo' mal calibrado, la ansiedad disminuye y el camino hacia la gestión saludable del síntoma comienza.

miércoles, 18 de mayo de 2022

Midiendo el cerebro

 

El cerebro es lo que somos

No sé si os pasará a vosotros, según a lo que os dediquéis, que tenéis que contar una cosa cientos de veces a lo largo de vuestra vida. Quizás si sois comerciales o, simplemente, trabajáis cara al público, sabréis de qué hablo.
Yo odio repetir las cosas como un loro, así que cada vez que cuento algo procuro hacerlo de forma distinta, pero si lo repites cien veces es muy difícil mantener la frescura o la improvisación y no ser un poco mecánico.
Así que voy a intentar explicar, una vez más, lo que yo hago, sin repetirme demasiado, lo cuál es misión imposible, pero el mundo es de los audaces.

Yo mido el cerebro.
Y diréis, en tono de chanza, ¿con un metro?
Pues no, os contesto con mi cara más seria, con un voltímetro, pero es que es un voltímetro muy especial.
A lo que yo hago se le denomina qEEG: electroencefalograma cuantitativo, y consiste en medir la actividad eléctrica del cerebro y analizar las ondas resultantes de dichas mediciones.

¿Y para qué sirve esa medición?
Pues, simplificando mucho, esa medida nos informa del porcentaje de neuronas que hay en la corteza cerebral disparando a una velocidad concreta. Dicho de una forma mucho más simplificada aún, a qué velocidades funciona cada parte de nuestra corteza cerebral.



Hoy en día cada vez se habla más de Neurofeedback, que es una técnica de tratamiento de la que he hablado en bastantes de mis artículos (podéis visitar mi Web pulsando en el enlace del logotipo inferior), que muchos confunden con el qEEG -incluso yo me expreso así a veces para simplificar explicaciones-. Y si bien es cierto que antes de empezar un tratamiento con Neurofeedback hay que hacer un qEEG para determinar las dianas del tratamiento, no tiene nada que ver.
Consejo importante: si estáis pensando en realizar un tratamiento con Neurofeedback y en el centro al que acudís no os hacen antes un qEEG: "exigdlo".

Si habéis llegado hasta aquí -gracias por vuestra paciencia- os explico para qué sirve un qEEG a nivel práctico.

Con los años se han realizado múltiples qEEG y analizado las correlaciones que existen entre las medidas obtenidas y los estados emocionales y cognitivos. Por ello, analizando un qEEG podemos inferir la sintomatología esperable y determinar qué actividades cerebrales anómalas están asociadas a dichos síntomas.
Pondré un ejemplo, que espero lo explique mejor: cuando las personas acuden a mi consulta con un problema de ansiedad y le hago una medición, me encuentro, habitualmente, con cuatro patrones de actividad distintos y, sin embargo, la sintomatología es muy similar en todos los casos. Pero la forma de tratar a cada uno de estos subtipos -tanto con terapia tradicional, como con farmacología o con Neurofeedback-, es muy distinta. O debería decir que tendría que ser muy distinta si queremos curar a esa persona de la ansiedad.

Hay muchos patrones de actividad que están muy identificados y que detectamos con el qEEG, como los problemas de atención y memoria (y el margen que tiene una persona de mejorar en ese campo), los desequilibrios emocionales, la ansiedad, el umbral de dolor o los pensamientos rumiantes, por citar algunos.

Así pues, se puede medir nuestro cerebro y es muy útil hacerlo, tanto para conocer nuestros posibles problemas como las posibles mejoras.


lunes, 7 de octubre de 2019

¿Por qué a algunas personas les afecta más la ansiedad y la depresión?

La función ejecutiva y la respuesta emocional

¿Por qué a unas personas les cuesta más contener sus emociones que a otras? ¿Por qué algunas personas padecen estados prolongados de pesadumbre, rabia -contenida o no- o impotencia ante los acontecimientos? ¿Y por qué otras no?

La principal razón de ello hay que buscarla en el aprendizaje emocional. la forma en la que cada uno hemos ido aprendiendo a manejar nuestras emociones a lo largo de nuestra vida es el principal factor de resiliencia ante el estrés, las incertidumbres y las desgracias que pueden acontecer en la vida diaria.
Sin embargo, ese es un tema para tratarlo en mi blog de psicología clínica, mientras que en este blog, dedicado a la neuropsicología, quiero hablar de otro factor que, aunque indirecto, resulta determinante en la estabilidad emocional: la función ejecutiva.


El concepto de función ejecutiva ha estado -y está- tradicionalmente ligado al establecimiento de planes y resolución de problemas, pero no menos importante es su participación en las estrategias de regulación y en la atención ejecutiva.

La atención ejecutiva no forma parte de las redes atencionales, sino que más bien podemos considerarla el sistema de control de estas. Sería la parte del cerebro encargada de decidir qué requiere atención.
Un ejemplo de la importancia de esta función lo encontramos en el TDAH, Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad, que se diagnostica por síntomas pero que se considera un problema de tipo atencional. Cuando diagnosticamos este trastorno mediante mapeo cerebral, vemos que existen diferentes actividades neuronales que corresponden a síntomas similares, no todos ellos relacionados con las redes atencionales. Uno de las configuraciones cerebrales que produce síntomas de TDAH es la ineficacia de la función ejecutiva, relacionada no con una falta de atención, sino con una baja capacidad de establecer prioridades entre los diferentes focos a los que se puede atender.


Pero de todas las subfunciones de la función ejecutiva, la más relacionada con las emociones sería el control inhibitorio.
Se trata de la función cognitiva que nos permite detener conductas, emociones y pensamientos automáticos y establecer respuestas alternativas más funcionales.
Creo que se explica mejor con algunos ejemplos:
  • Vamos andando por la calle y escuchamos una bocina. Andar es una función automática a la que no prestamos atención. Al escuchar la bocina centramos nuestra atención en dicho estímulo, teniendo la capacidad de quedarnos quietos o apartarnos bruscamente, si la circunstancia lo requiere.
  • Estamos tristes por la muerte de un familiar, pero tenemos que acudir al trabajo. Detenemos la respuesta emocional mientras permanecemos en el entorno laboral, o al menos en los momentos en los que en dicho entorno debemos interactuar con otros o concentrarnos para resolver una tarea, pero nos permitimos estar tristes de nuevo después.
  • En el trabajo hemos tenido un problema con un compañero y no podemos dejar de darle vueltas al conflicto, pero llegamos a casa y bloqueamos ese pensamiento para que no perturbe la relaciones con nuestra pareja o nuestro hijos.
En cada caso estamos realizando una conducta automática: mecánica -andar-, emocional -sentir tristeza- o cognitiva -pensamientos obsesivos-.
En cada caso un control inhibitorio eficaz nos ha permitido controlar dicha conducta y preparar otra conducta más útil para cada situación específica.
¿Qué hubiera pasado en caso de tener un mal control inhibitorio? Pues el coche que tocaba la bocina podría habernos atropellado, habremos estado llorando en el trabajo incapaces de realizar nuestras tareas y al llegar a casa habremos pagado nuestro malestar emocional con nuestra familia.



Por eso, aunque las funciones ejecutivas no están directamente relacionadas con las emociones, tienen mucho que ver con la forma en la que las manejamos.
Mi experiencia es que muchas personas que padecen depresiones crónicas y estados de ansiedad generalizada que persiste durante años adolecen de una función ejecutiva no tan efectiva como debiera ser.


Queda la pregunta del millón: ¿se puede mejorar la función ejecutiva?
Y la respuesta es un rotundo sí. Nuestra plasticidad cerebral nos permite mejorar en casi cualquier aspecto de nuestro cerebro que queramos trabajar y en el que nos impliquemos activamente.
Cuando me llega a consulta una persona que lleva mucho tiempo padeciendo depresión o ansiedad, le realizo una evaluación de la función ejecutiva y si veo que no funciona tan bien como debería, intento trabajar de forma simultánea tanto los problemas emocionales como la mejora de la función ejecutiva.


miércoles, 27 de marzo de 2019

Prevenir la demencia

El deterioro cognitivo subjetivo

Hace unos meses escribí un artículo sobre la detección precoz del alzhéimer usando pruebas neuropsicológicas. Me ha vuelto a la memoria este tema tras haber leído un artículo sobre el deterioro cognitivo subjetivo, ya que ambos están muy relacionados.


Aunque la misma expresión aclara su significado, quiero empezar definiendo el término claramente.
Se denomina así a la sensación que tienen algunas personas, que asocian con el incremento de su edad, de que su "cerebro" no funciona tan bien como antes. Se aprecian dificultades de memoria y atención, enlentecimiento mental e incluso deficiencias perceptivas. Pero esas sensaciones no tienen correlatos cuantificables, es decir, que las pruebas que miden dichas características de forma objetiva muestran que el nivel de ejecución de esa persona no está afectado.
La última frase requiere aclaración. Para medir la memoria, la atención y la velocidad de procesamiento utilizamos pruebas neuropsicológicas. Dichas pruebas nos dicen si los valores de dichas capacidades son normales o están desviados de la media. Cuando se habla de deterioro cognitivo subjetivo lo que estamos indicando es que la persona "siente" que algo va mal, pero las pruebas clínicas no detectan problemas.

Una aclaración adicional, aunque la sensación de deterioro cognitivo suele darse en edades avanzadas, no es inusual también en jóvenes adultos y personas de mediana edad. Así, el término, aunque asociado al envejecimiento, no está restringido a una franja de edad concreta.

Pero volvamos al tema de las pruebas neuropsicológicas. ¿El hecho de que una prueba indique que no hay afectación significa realmente que las sensaciones subjetivas son infundadas?
En absoluto, estar dentro de la media de la población no nos dice si ha habido retroceso, solo que nuestro nivel cognitivo actual no difiere demasiado del resto de las personas del mismo rasgo de edad. Si hubiéramos pasado las mismas pruebas a esa persona unos años antes y comparásemos las anteriores con la actuales sabríamos realmente si ha habido un retroceso.
Entonces, ¿es siempre preocupante sentir que las facultades cognitivas disminuyen? Pues siempre no, pero frecuentemente sí.


Las estadísticas nos indican que es mucho más frecuente padecer alzhéimer entre las personas que han notificado previamente un deterioro cognitivo subjetivo. Eso no significa que siempre que se sienten disminuir las facultades cognitivas se vaya a padecer una demencia, pero sí conviene considerar la posibilidad.
Por otra parte, en el citado estudio al que hacía referencia al principio de este artículo, se ha constatado que las personas que alegan padecer un deterioro cognitivo subjetivo se benefician de una rehabilitación cognitiva, mientras que los que no la manifiestan no consiguen mejoras significativas tras el mismo entrenamiento.
Puede parecer algo trivial, pero este hecho es muy importante. Si alguien que dice notar pérdidas de memoria, atención y fluidez mental, tras un entrenamiento en estas capacidades, aprecia mejora quiere decir que efectivamente había sufrido una merma en dichas capacidades.

Muchas investigaciones han mostrado que el inicio del alzhéimer se retrasa considerablemente si la persona tiene una buena reserva cognitiva. Este término hace referencia al uso que hemos dado a nuestro cerebro durante nuestra vida, e incluye conceptos como cultura, conocimientos o inteligencia.
De igual forma, el entrenamiento cognitivo provoca que la demencia se desarrolle más tarde y que tenga un principio más suave.

Dicho lo anterior creo que queda claro que si se tiene la sensación subjetiva de estar perdiendo facultades lo mejor es acudir a un especialista (un neuropsicólogo), que ayude a recuperarlas, pues eso supone un seguro contra la demencia precoz.








martes, 5 de febrero de 2019

Midiendo el cerebro

¿Qué es un mapa mental?

Estos últimos meses he escrito varios artículos sobre la técnica del qEEG (electroencefalograma cuantitativo) y algunos de sus usos, pero aún queda mucho que decir sobre el tema. Esta herramienta diagnóstica, casi desconocida en España, está resultando cada vez más útil en el campo de la psicología clínica y creo que merece algo más de reconocimiento.

Un mapa mental no es más que un electroencefalograma analizado mediante unas funciones matemáticas (transformadas de Fourier, por si tenéis interés) que nos permiten saber el tanto por ciento de cada frecuencia de las ondas cerebrales.
Supongo que para la mayoría de los que estáis leyendo este texto el párrafo anterior habrá sido completamente ininteligible (o casi), así que explico que significa eso a nivel práctico.
Un electroencefalograma mide flujos de iones que se producen cuando una neurona se comunica con otra. La velocidad con la que cambian dichos flujos está directamente relacionada con la velocidad de la comunicación. Por lo tanto, lo que obtenemos con el mapa mental es el tanto por ciento de neuronas que en una zona concreta se comunican a una velocidad específica.
Simplificando podemos decir que obtenemos el porcentaje de neuronas que están comunicando demasiado despacio (flujo delta), despacio (canal theta), en velocidad media (canal alfa), rápido (flujo beta) y demasiado rápido (flujo beta-alta).


¿Y para qué sirve esto?

Os lo explico de forma práctica. Suponed que en un centro que se realizan mapas mentales de este tipo a las personas que se van a medir se les realizan  unas pruebas previas para determinar si padecen algún tipo de problema emocional, cognitivo u otra sintomatología que tenga que ver con la actividad cerebral. Ahora pongamos que queremos buscar una característica concreta, por ejemplo la depresión. Clasificamos todos los mapas que hemos realizado según si las personas que hemos medido presentan o no síntomas depresivos y buscamos las diferencias entre los dos tipos de mapas. Si encontramos uno o varios valores específicos que aparecen siempre en las personas depresivas y no aparecen en las personas que no padecen depresión a partir de ese momento podremos saber si una persona tiene una depresión o no haciéndole un mapa mental, sin tener que realizarle ninguna prueba adicional.
Si hacemos lo mismo con una amplia variedad de de problemas podemos detectar por el mapa mental muchos trastornos de forma más efectiva que basándonos en evaluaciones subjetivas.
Además, esta forma de analizar los mapas mentales permite clasificar algunos problemas en diferentes subcategorías. Por ejemplo los diferentes tipos de ansiedad como explicaba en un artículo anterior, diferentes tipos de depresión, de Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), etc.

Pero un mapa mental no solo sirve para detectar problemas, sino que también nos indica la potencialidad de mejora. El margen para aumentar características que nos hagan más efectivos: inteligencia, precisión, anticipación, resistencia al dolor, etc.

Otro punto fuerte de los mapas mentales es confirmar un diagnóstico, por ejemplo es frecuente que en personas con síntomas aparentemente depresivos en realidad su problema sea de tipo ansioso. También puede ocurrir que un problema que se manifiesta con síntomas emocionales pueda tener una causa de tipo más neurológico.

Por todo lo dicho, los mapas mentales resultan especialmente útiles para planificar un tratamiento, ya que nos permiten enfocarlo hacia la causa real y no a la aparente.



¿Hasta que punto son fiables los mapas mentales?

Hay que entender que la forma en que se analizan los datos es estadística y en todas las pruebas en las que se establecen puntos de corte de esta forma cabe la posibilidad de que existan falsos positivos y falsos negativos. No obstante, cuando el valor que se obtiene está lejos del punto de corte, el diagnóstico por esta técnica es muy fiable.

Así que si quieres saber más sobre ti mismo busca en tu zona quién realice qEEGs.








jueves, 15 de noviembre de 2018

Midiendo la ansiedad a nivel cerebral

Los tipos de ansiedad

Todos sabemos lo que es la ansiedad, es difícil no padecerla en menor o mayor medida, ya sea en momentos concretos, en temporadas o, incluso, todos los días de nuestra vida.
Sin embargo, si observamos a los demás nos damos cuenta que no siempre la ansiedad se manifiesta de la misma manera. El estereotipo de persona ansiosa es aquella que parece que siempre va corriendo, que se precipita, que parece incapaz de estarse quieta. Pero no es la única manifestación de la ansiedad y de eso voy a hablar en este artículo.
No conozco ninguna asignatura de la carrera de psicología en la que se realice una tipología de la ansiedad, pero desde que empecé a realizar mediciones de la actividad cerebral con la técnica del qEEG he podido constatar que hay manifestaciones muy típicas de comportamiento ansioso, que están muy unidas a la mapas cerebrales concretos y es lo que pretendo contaros.


La ansiedad de tipo lento: hay personas que lejos de cumplir el estereotipo manifiestan su ansiedad comportándose con parsimonia, haciendo todo con excesiva meticulosidad, llegan siempre tarde y en general tienen muy poca capacidad de afrontamiento. En estos casos el qEEG muestra una actividad de ondas lenta excesiva en algunas áreas.

El pensamiento obsesivo: es una forma muy común de ansiedad, en la que nuestra mente no puede dejar de pensar, trabaja en bucles dándole mil vueltas al mismo pensamiento, con una canción que se nos atora en la mente y de la que no podemos librarnos, repasando una y otra vez algún acontecimiento pasado que no podemos dejar de revivir y revisar. El qEEG de estas personas muestra un exceso de ondas rápidas, pareciendo indicar que si el pensamiento va a mil, las ondas cerebrales también.


La impulsividad: es un tipo de ansiedad que se manifiesta como precipitación, tanto física como mental, con toma de decisiones poco sopesada y muchas veces inadecuada, torpeza y, en ocasiones, rallando en la agresividad pero en otras justo en lo contrario. En estos casos se encuentra en el qEEG una descompensación de las ondas rápidas, que aparecen en exceso en algunas localizaciones y en defecto en otras.

La incoherencia con las expectativas: es un tipo de ansiedad muy común pero que no se suele catalogar como tal, se da en personas que no son realistas respecto de lo que pueden esperar de sus acciones o de los demás, que esperan resultados positivos con cierta ingenuidad cuando la experiencia previa les demuestra que no es así, que se ven compelidos a emprender una acción, esperando que en esta ocasión funcione lo que no ha funcionado antes. En general son personas con muy pobre capacidad de afrontar el estrés y que pueden llegar a tener comportamientos adictivos. En su qEEG se ve un defecto de ondas lentas en algunas zonas.

La somatización y la sensibilidad: muchas personas con ansiedad sufren respuestas somáticas debido a la activación excesiva de su sistema autónomo, que van desde problemas de deglución, dolores musculares y contracturas, bruxismo, tensión tempo-mandibular, dolores de estómago, afecciones cutáneas, cefaleas o migrañas, etc. El culmen de estas molestias suele ser la presencia de ataques de pánico, con temblores, bajada de temperatura corporal, problemas para respirar y sensación de muerte inminente. Además, hay personas que tienen una sensibilidad excesiva, a las que molesta en exceso los ruidos y con muy bajo umbral de dolor. En todos estos casos se suele manifestar en el qEEG un exceso de actividad de velocidad intermedia muy representativa.



Debo decir que todos estos problemas, además de por terapia tradicional, hoy en día pueden tratarse por Neurofeedback, así que conviene saber qué nos ocurre realmente, cómo se manifiesta nuestra ansiedad a nivel de activación cerebral y ponerle remedio para conseguir que nuestra vida sea mejor.